viernes, 3 de abril de 2026

Los niños de la noche


Los niños de la noche

Cuentan en varios pueblos que hay algo peor que ver una sombra…

y es ver a un niño donde no debería haber ninguno.

Dicen que hace muchos años, en un camino de terracería cerca de Tlatlauquitepec, comenzaron a aparecer unos niños por las noches.

No corrían.

No jugaban.

No hacían ruido.

Solo… estaban ahí.

Parados.

Mirando.

La primera vez que alguien los vio, pensó que eran niños perdidos.

Un señor que regresaba tarde del campo los encontró a la orilla del camino. Eran tres. Vestían ropa vieja, como de otra época, y estaban descalzos.

—¿Se perdieron? —les preguntó.

Ninguno respondió.

—¿Dónde viven?

Silencio.

El hombre sintió algo raro. No era miedo… todavía no. Era incomodidad. Como cuando sabes que algo no está bien, pero no sabes por qué.

Entonces uno de los niños levantó la cabeza.

Sus ojos… no reflejaban luz.

Eran completamente oscuros.

El hombre retrocedió un paso.

—¿Nos llevas contigo…? —preguntó el niño, con una voz muy baja.

El señor no respondió. Solo dio media vuelta y caminó más rápido.

No corrió.

Porque en los pueblos se sabe algo muy importante:

Si algo te da miedo… no corras.

Porque entonces… te sigue.

Esa noche llegó a su casa sin mirar atrás.

Pero al cerrar la puerta, escuchó algo.

Un golpecito.

Luego otro.

Y luego tres voces al mismo tiempo:

—Ábrenos…

Desde ese día, comenzaron los relatos.

Personas que veían a los niños en caminos, en cerros, en patios.

Siempre de noche.

Siempre en silencio.

Siempre esperando.

Algunos cometieron el error de hablarles.

Otros… de acercarse.

Y hubo unos pocos… que les abrieron la puerta.

Después de eso, algo cambiaba.

Las casas se volvían frías.

Los animales dejaban de comer.

Y por las noches… se escuchaban pasos pequeños corriendo dentro, aunque nadie tuviera hijos.

Un hombre del pueblo aseguró que una vez dejó entrar a uno de ellos.

—Solo quería ayudar —decía.

Pero al entrar, el niño no se sentó.

No habló.

Solo se quedó parado en medio del cuarto.

Y luego dijo:

—Ya no estamos solos.

Esa misma noche, el hombre escuchó más pasos dentro de su casa.

No uno.

Varios.

Al día siguiente, lo encontraron sentado en una esquina, con la mirada perdida.

Nunca volvió a ser el mismo.

Con el tiempo, los abuelos comenzaron a advertir:

Que esos niños no están perdidos.

Que no buscan ayuda.

Que no sienten frío… ni miedo.

Y que si alguna noche los ves…

nunca, nunca les preguntes qué quieren.

Porque ya lo saben.

Quieren entrar.

Redactado por Andy 



jueves, 2 de abril de 2026

“LA CASA DONDE LA RENTA SE PAGA SOLA "

En muchos pueblos —de esos donde las calles se quedan en silencio después de las 10 de la noche— se cuenta algo que nadie confirma… pero tampoco nadie se atreve a negar.

Dicen que hay casas que no se abandonan por viejas, sino porque algo decide quedarse primero.

Una de esas historias viene de una casa cualquiera: fachada despintada, ventanas cerradas y un foco afuera que, curiosamente, siempre funciona… aunque la casa no tenga luz desde hace años.

La gente cuenta que, hace tiempo, vivía ahí una familia completa. Nada fuera de lo normal… excepto por un detalle: el hijo menor hablaba solo. Pero no como los niños que inventan amigos imaginarios. No. Él respondía. Esperaba. Escuchaba.

—“No quiere que te sientes ahí”, le dijo una vez a su mamá.

La mamá, riéndose, le contestó: —“¿Y quién no quiere?”

El niño la miró serio, como si la pregunta fuera absurda. —“El señor que ya estaba sentado.”

Ese fue el primer momento incómodo.

El segundo fue cuando empezaron a mover los muebles… solos. No de película exagerada, no. Cosas pequeñas. Una silla ligeramente fuera de lugar. Un vaso donde nadie lo dejó. Como si alguien más viviera ahí… pero con modales discretos.

Y aquí viene lo raro… y un poco gracioso, si no te pasa a ti.

El papá, cansado, decidió ignorarlo todo. Una noche gritó: —“¡Si hay alguien aquí, que pague la renta!”

Dicen que esa misma madrugada encontraron dinero… exactamente la cantidad de la renta… sobre la mesa.

El problema es que nadie volvió a tocar ese dinero.

Porque el niño dijo: —“Dice que ya pagó… y que ahora le toca quedarse.”

Después de eso, la familia se fue.

Pero aquí no termina lo perturbador.

Vecinos aseguran que, si pasas frente a la casa de madrugada, puedes ver una silueta sentada junto a la ventana… como esperando.

Y a veces… el foco de afuera parpadea.

No como fallo eléctrico.

Sino como si alguien adentro estuviera intentando comunicarse… pero no sabe usar bien el interruptor.

Y lo más incómodo de todo:

Hay quienes dicen que, si te quedas viendo demasiado tiempo…

la silueta cambia de lugar.

Y aparece más cerca de la puerta.

Como si pensara: —“Ah, ¿quieres entrar? Perfecto… yo ya pagué la renta.”

Trabajo realizado por Juan José..



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