Los niños de la noche
Cuentan en varios pueblos que hay algo peor que ver una sombra…
y es ver a un niño donde no debería haber ninguno.
Dicen que hace muchos años, en un camino de terracería cerca de Tlatlauquitepec, comenzaron a aparecer unos niños por las noches.
No corrían.
No jugaban.
No hacían ruido.
Solo… estaban ahí.
Parados.
Mirando.
La primera vez que alguien los vio, pensó que eran niños perdidos.
Un señor que regresaba tarde del campo los encontró a la orilla del camino. Eran tres. Vestían ropa vieja, como de otra época, y estaban descalzos.
—¿Se perdieron? —les preguntó.
Ninguno respondió.
—¿Dónde viven?
Silencio.
El hombre sintió algo raro. No era miedo… todavía no. Era incomodidad. Como cuando sabes que algo no está bien, pero no sabes por qué.
Entonces uno de los niños levantó la cabeza.
Sus ojos… no reflejaban luz.
Eran completamente oscuros.
El hombre retrocedió un paso.
—¿Nos llevas contigo…? —preguntó el niño, con una voz muy baja.
El señor no respondió. Solo dio media vuelta y caminó más rápido.
No corrió.
Porque en los pueblos se sabe algo muy importante:
Si algo te da miedo… no corras.
Porque entonces… te sigue.
Esa noche llegó a su casa sin mirar atrás.
Pero al cerrar la puerta, escuchó algo.
Un golpecito.
Luego otro.
Y luego tres voces al mismo tiempo:
—Ábrenos…
Desde ese día, comenzaron los relatos.
Personas que veían a los niños en caminos, en cerros, en patios.
Siempre de noche.
Siempre en silencio.
Siempre esperando.
Algunos cometieron el error de hablarles.
Otros… de acercarse.
Y hubo unos pocos… que les abrieron la puerta.
Después de eso, algo cambiaba.
Las casas se volvían frías.
Los animales dejaban de comer.
Y por las noches… se escuchaban pasos pequeños corriendo dentro, aunque nadie tuviera hijos.
Un hombre del pueblo aseguró que una vez dejó entrar a uno de ellos.
—Solo quería ayudar —decía.
Pero al entrar, el niño no se sentó.
No habló.
Solo se quedó parado en medio del cuarto.
Y luego dijo:
—Ya no estamos solos.
Esa misma noche, el hombre escuchó más pasos dentro de su casa.
No uno.
Varios.
Al día siguiente, lo encontraron sentado en una esquina, con la mirada perdida.
Nunca volvió a ser el mismo.
Con el tiempo, los abuelos comenzaron a advertir:
Que esos niños no están perdidos.
Que no buscan ayuda.
Que no sienten frío… ni miedo.
Y que si alguna noche los ves…
nunca, nunca les preguntes qué quieren.
Porque ya lo saben.
Quieren entrar.
Redactado por Andy


