Cuentan los habitantes de Tlatlauquitepec que hace muchos, muchos años, cuando la única “compañía eléctrica” era un ocote encendido y la alarma despertador era el gallo gritón de las 4 de la mañana, algo extraño empezó a pasar.
Las familias vivían tranquilas en el campo. No había luz, no había cámaras… pero sí había gallinas. Muchas gallinas.
Y un día… amanecieron sin huevos.
—“Bueno, se los comieron entre ellas”, dijo el señor.
Al día siguiente… sin pollos.
—“Seguro se fueron a estudiar al extranjero”, dijo su esposa , que siempre encontraba explicación para todo.
Pero cuando comenzaron a desaparecer gallinas enteras… ahí ya no era intercambio estudiantil.
Las puertas estaban cerradas. No había huellas grandes. No había plumas regadas. Solo… silencio.
Y el silencio en el campo… nunca es buena señal.
La noche del espionaje
Cansados de perder su desayuno diario, los habitantes decidieron hacer guardia. Se escondieron detrás del corral, apagaron el ocote y esperaron.
A medianoche escucharon risitas.
No eran de niño normal.
Eran risitas chiquitas… burlonas… como si alguien estuviera jugando a las escondidas con el miedo.
Y entonces los vieron.
Pequeños.
Del tamaño de un niño.
Con cuerpos delgados… pero con el rostro extraño, como si la noche misma les hubiera moldeado la cara.
Eran chaneques.
Se movían rápido, jalaban a las gallinas, tomaban huevos y desaparecían entre los matorrales como si el suelo se los tragara.
La persecución
Los habitantes, armados con palos, piedras y muchísimo coraje campesino, decidieron seguirlos.
Los chaneques corrían riéndose, como si aquello fuera un juego.
Los siguieron hasta unas cuevas en el monte.
Cuevas que nadie se atrevía a mirar de noche.
Cuevas que parecían respirar.
Se dice que los habitantes, asustados y furiosos, intentaron ahuyentarlos prendiendo fuego en la entrada, lanzando antorchas y gritando para que no regresaran jamás.
Después de aquella noche…
Las gallinas dejaron de desaparecer.
Pero algunos aseguran que, en noches muy oscuras, cuando no hay luna y el viento sopla entre los árboles…
Se escuchan pequeñas risitas cerca del corral.
Y a veces…
solo a veces…
las gallinas miran todas hacia el mismo punto.
Aunque no haya nada ahí.
O al menos… nada que tú puedas ver.
Redactado por Andy

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