En lo más profundo del monte, donde los carrizos crecen tan juntos que forman un túnel natural, existe un rincón que los habitantes del pueblo evitan mencionar después del atardecer.
De día, parece un lugar cualquiera: un pequeño estanque de agua turbia, tierra húmeda, raíces expuestas y el murmullo suave del viento colándose entre los tallos secos. Pero cuando el sol comienza a esconderse, algo cambia.
Primero desaparecen los sonidos.
Los grillos dejan de cantar.
Los pájaros no se acercan.
Ni siquiera el viento se atreve a mover los carrizos.
El silencio ahí no es normal. Es pesado. Como si el aire estuviera esperando algo.
Hace muchos años, un muchacho llamado Juan desapareció en ese mismo sitio. Tenía apenas diecisiete años. Sus amigos dijeron que se adelantó entre los carrizos porque escuchó algo… como si alguien pronunciara su nombre desde el agua.
—“Juaann…”
Pensaron que era una broma. Pero no lo volvieron a ver.
Los hombres del pueblo buscaron durante días. Solo encontraron huellas que se dirigían hacia el estanque… y terminaban justo en la orilla. No había señales de lucha. No había rastro de que hubiera salido.
Solo el agua quieta. Demasiado quieta.
Desde entonces, quienes se atreven a acercarse aseguran que el agua no refleja lo que debería. A veces muestra una sombra de pie detrás de ti… aunque estés solo. Otras veces, el reflejo sonríe cuando tú no lo haces.
Pero lo peor ocurre cuando alguien se inclina demasiado para mirar.
Dicen que el agua no tiene fondo.
Un campesino contó que una noche pasó cerca y vio cómo los carrizos se abrieron lentamente, como si algo grande respirara detrás de ellos. No corrió. No pudo. Sus piernas dejaron de responder cuando escuchó el sonido del agua moviéndose… aunque no había viento ni piedra que la tocara.
Algo emergió apenas unos centímetros.
No era una persona.
No era un animal.
Era una silueta oscura, alargada, con brazos demasiado largos, apoyándose en la orilla como si estuviera saliendo.
El hombre cerró los ojos. Cuando los abrió… no había nada.
Pero desde ese día, cada noche escucha que alguien raspa la puerta de su casa con algo húmedo.
En el pueblo hay una advertencia que pasa de generación en generación:
Si el agua está completamente inmóvil y sientes que el silencio te presiona los oídos… no mires dentro.
Porque el estanque no es un reflejo.
Es una entrada.
Y algunos creen que Juan nunca se ahogó.
Dicen que sigue ahí abajo…
esperando que alguien escuche su voz y se acerque lo suficiente.
Porque el agua callada no está vacía.
Redactado por Estrellita.

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