lunes, 23 de marzo de 2026

El arriero de los muertos

El arriero de los muertos 


Cuentan los abuelos que hace muchos años, cuando la vida en el campo era pura tierra, animales y silencio… las noches no eran tranquilas.

En los ranchos cercanos a Tlatlauquitepec, la gente dormía temprano. No había luz eléctrica, no había ruido… solo el viento, los grillos y uno que otro perro que ladraba como si estuviera viendo algo que los demás no.

Y eso ya era mala señal.

Porque cuando un perro ladra a la nada… la nada normalmente le está respondiendo.

Todo empezó con comentarios sueltos.

—Anoche escuché caballos —decía uno.

—Yo también… pero no vi a nadie —respondía otro.

—Pues yo sí vi algo… pero mejor no digo —decía el más miedoso, que curiosamente era el más sabio.

Hasta que una noche, como a la una de la madrugada, varios hombres que cuidaban el ganado lo vieron.

A lo lejos, entre los cerros, venía una figura montada a caballo.

Iba arreando vacas.

Todo parecía normal… hasta que la luna salió de entre las nubes.

Y entonces lo notaron.

No tenía cabeza.

El caballo avanzaba firme, como si conociera el camino de memoria. Y el jinete… bueno, el cuerpo del jinete… sostenía las riendas como si nada.

—No volteen… —susurró uno.

Pero obviamente todos voltearon. Porque si algo tiene el ser humano, es curiosidad… y muy poco instinto de supervivencia.

El arriero pasó frente a ellos sin hacer ruido. Ni el caballo relinchaba. Ni las vacas mugían.

Solo el sonido de los cascos…

lento… seco… constante…

Hasta perderse en la oscuridad.

A la mañana siguiente, encontraron el ganado.

Las vacas estaban tiradas.

Sin vida.

Sin explicación.

Y en los corrales… los chivos no estaban como los dejaron.

Sus cuernos aparecían colgados, como si alguien los hubiera acomodado con cuidado.

Eso ya no era cosa de animales.

Eso ya era cosa de “algo”.

Desde ese día, nadie quería quedarse a cuidar el rancho en la noche. Y los que lo hacían… lo hacían acompañados, con café, con rezos… y con ganas de renunciar al día siguiente.

Pero el arriero seguía apareciendo.

Siempre a la misma hora.

Siempre en silencio.

Siempre sin cabeza.

Y como buen fenómeno paranormal… también tenía pésima puntualidad emocional, porque aparecía justo cuando alguien empezaba a decir:

—Ya se me hace que no es cierto—

¡PUM!

Ahí estaba.

Una noche, un hombre del pueblo, de esos que no le temen ni a la suegra (o eso dicen), decidió enfrentarlo.

—Si es cosa del diablo, se va a ir con oración —dijo.

Y se fue rancho por rancho, colocando una cruz en cada entrada, rezando y dejando pequeñas oraciones en los corrales.

Algunos lo veían raro.

Otros pensaban:

—Pues si no funciona, mínimo decora.

Pero lo hizo.

Terminó su recorrido… y esa misma noche todos esperaron.

La una de la madrugada llegó.

El viento sopló.

Los perros comenzaron a ladrar.

Y entonces…

nada.

No se escucharon caballos.

No se vieron sombras.

No hubo pasos en los cerros.

El arriero sin cabeza… simplemente no volvió.

Los días pasaron. Luego semanas. Luego meses.

El ganado dejó de morir.

Los corrales dejaron de amanecer raros.

Y los perros… bueno, siguieron ladrando, pero eso ya es cosa de perros.

Hasta hoy, los abuelos dicen que esa cosa desapareció gracias a las oraciones… pero también advierten algo:

Que esas entidades no se van.

Solo se alejan.

Y que si algún día alguien quita las cruces, deja de rezar o vuelve a burlarse de lo que no entiende…


puede que a la una de la madrugada,

entre los cerros,

vuelvas a escuchar cascos de caballo.

Y esta vez…

tal vez no solo venga arreando vacas. 

Redactado por Andy



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