En el pueblo de Tlatlauquitepec, entre montañas cubiertas de neblina y calles que se quedan en silencio cuando cae la noche, existe una creencia que muchos repiten en voz baja.
Los habitantes dicen que cuando los perros comienzan a llorar sin razón, no es por hambre ni por soledad.
Es porque están viendo algo que los humanos no pueden ver.
Las noches en el pueblo suelen ser tranquilas. Solo se escucha el viento entre los árboles… y de vez en cuando, el llanto largo y profundo de un perro.
No es un ladrido.
Es un aullido triste, como si estuviera asustado.
Los abuelos del pueblo siempre dicen lo mismo:
—Cuando un perro llora mirando a la oscuridad… no lo llames.
Porque aseguran que el animal no está mirando la nada.
Está mirando algo que se encuentra ahí.
Algo que nosotros no podemos ver.
Lo mismo ocurre con los gatos.
Hay madrugadas en las que se escuchan gatos maullando de forma desesperada, como si pelearan con algo invisible en los techos o en los patios.
Pero cuando alguien sale a ver qué ocurre…
no hay nada.
Solo el silencio.
Y los animales mirando fijamente un punto vacío.
Algunos habitantes también cuentan que a veces pasa durante el día.
Tu perro puede estar tranquilo, acostado en el suelo… y de repente se levanta, eriza el pelo y empieza a gruñir hacia un rincón de la casa.
Un rincón donde no hay nadie.
Los más viejos dicen que los animales tienen un instinto que nosotros perdimos hace mucho tiempo.
Ellos pueden sentir presencias.
Pueden percibir malas energías.
Y cuando lloran o se inquietan, no siempre es por miedo…
A veces es porque algo los está mirando también.
Por eso, en Tlatlauquitepec hay quienes, cuando escuchan a los perros llorar en la madrugada, prefieren no asomarse por la ventana.
Porque dicen que si el perro está mirando hacia tu casa…
tal vez no está viendo solo tu puerta.
Tal vez está viendo lo que está parado detrás de ti.
Redactado por Andy

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