Hace muchos años, en el pueblo de Tlatlauquitepec, cuando la neblina bajaba tan espesa que parecía que el cerro se estaba deshaciendo encima del camino, los abuelos contaban una historia que nadie escuchaba tranquilo… y mucho menos de noche.
Decían que el puente que une al pueblo de Tlatlauquitepec con el de Mesones no siempre fue un puente como el de ahora. Antes, en ese lugar, no había una estructura firme ni barandales ni nada de eso. Lo que existía era un muro de piedras, levantado con el esfuerzo de los hombres del pueblo, con sudor… y según la leyenda, con algo mucho peor.
Cuentan que ese muro siempre se venía abajo.
Lo levantaban en el día… y en la noche se caía.
Volvían a poner las piedras… y otra vez amanecía vencido.
Como si la tierra no quisiera sostenerlo.
O como si debajo hubiera algo que lo rechazaba.
Los pobladores comenzaron a desesperarse. Porque por ahí tenían que pasar personas, bestias, cargas y uno que otro señor que seguro ya desde entonces iba diciendo:
—Yo conozco un atajo.
Y terminaba perdiéndose tres horas.
Pero en aquellos tiempos, cuando el miedo y la superstición caminaban agarrados de la mano, alguien dijo que el muro solo aguantaría si se ofrecía un sacrificio.
Y ahí fue donde la historia se puso pesada.
Los abuelos decían en voz baja que en ese lugar mataban personas para que el muro no se cayera. Algunos incluso aseguraban que a veces las enterraban vivas entre las piedras, como si sus cuerpos fueran parte de los cimientos. Como si el sufrimiento humano sirviera de mezcla mejor que el lodo.
Nadie sabe cuántas personas fueron.
Nadie sabe sus nombres.
Y tal vez eso es lo peor.
Porque cuando una historia pierde los nombres, lo único que queda es el espanto.
Dicen que, después de eso, el muro por fin dejó de caer. Se mantuvo firme. Sólido. Silencioso. Como si hubiera quedado satisfecho.
Pero el problema no terminó ahí.
Porque al poco tiempo comenzaron los ruidos.
Primero fueron sonidos leves, casi confundidos con el aire: golpes secos entre las piedras, como si alguien tocara desde dentro. Luego llegaron los lamentos. Después, los gritos.
Gritos largos, ahogados, desesperados.
No se escuchaban siempre. Solo en ciertas noches. Sobre todo cuando había mucha neblina, cuando la luna apenas alumbraba o cuando alguien se atrevía a cruzar solo después de la medianoche.
Los hombres que pasaban por ahí decían que, al acercarse, el aire se volvía helado. Las mulas se negaban a avanzar. Los perros chillaban. Y más de uno juró haber escuchado una voz que salía de abajo del puente, diciendo:
—Sáquenme de aquí...
Claro, nunca falta el valiente del pueblo. Ese que en la tarde se ríe y dice:
—Ay, puro cuento para espantar chamacos.
Pero curiosamente, cuando le decían que entonces cruzara solo en la madrugada…
rápido se acordaba de que tenía sueño, dolor de rodilla y un gran amor por seguir con vida.
Una noche, cuentan, un hombre que venía de Mesones cruzó un poco tomado. Iba cantando fuerte, sintiéndose muy valiente, de esos que con dos tragos ya se creen invencibles y con tres ya andan hablando con los árboles.
Cuando llegó a la mitad del puente, escuchó debajo de él un murmullo.
Pensó que era el río.
Siguió caminando.
Entonces oyó un grito.
Uno tan fuerte y tan cerca que sintió que le soplaron en la nuca.
Se volteó de inmediato, pero no había nadie.
Solo neblina.
Solo piedra.
Solo oscuridad.
Y luego, clarito, escuchó varias voces al mismo tiempo:
—No nos dejes aquí...
El hombre salió corriendo tan rápido que al llegar al pueblo ni él mismo sabía si venía huyendo de fantasmas o rompiendo récord olímpico. Dicen que desde entonces no volvió a tomar. Bueno… eso dice la leyenda. Ya si le creemos o no, eso es otro misterio.
Con los años, el muro cambió, el paso se transformó y el lugar terminó convirtiéndose en puente. La gente siguió cruzándolo porque no quedaba de otra. Pero la historia nunca murió.
Los abuelos siguieron contando que por las noches se escuchaban ruidos raros, golpes y gritos, como si las almas de quienes fueron sacrificados siguieran atrapadas entre las piedras, molestos, tristes o simplemente reclamando que nadie les dio descanso.
Hay quienes dicen que si te detienes justo a la mitad y guardas silencio, puedes oír respiraciones debajo de tus pies.
Otros aseguran que a veces se ven sombras pegadas al muro, figuras quietas que parecen personas esperando algo.
Y algunos, los más viejos, juran que el verdadero terror no es escuchar los gritos…
sino cruzar el puente una noche de niebla
y escuchar que alguien te llama por tu nombre,
aunque vayas completamente solo.
Desde entonces, en Tlatlauquitepec, muchos cruzan ese puente rápido, sin mirar abajo y sin hacer bromas.
Porque una cosa es no creer en leyendas…
y otra muy distinta
es faltarle al respeto a un puente
que, según dicen, quedó en pie
porque abajo de sus piedras
todavía hay muertos que no descansan.
Redactado por Andy.

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