jueves, 26 de marzo de 2026

En un pequeño pueblo rodeado de selva y caminos de tierra, existía una vieja casa de madera que nadie quería habitar. Las ventanas permanecían cerradas, la pintura estaba desgastada y el jardín crecía sin control. Pero lo que realmente alejaba a la gente no era su aspecto… sino los muñecos que colgaban del techo del porche. Decían que no siempre estuvieron ahí. Hace muchos años vivía en esa casa una mujer llamada Aurelia, conocida por su habilidad para coser. Era tranquila, amable y pasaba los días confeccionando muñecos de tela que regalaba a los niños del pueblo. Sus muñecos eran distintos: cada uno tenía rasgos únicos, pequeñas cicatrices bordadas y ojos de botón que parecían observar con atención. La gente decía que Aurelia no hacía muñecos… hacía retratos. Una noche, una fuerte tormenta azotó el pueblo. Rayos iluminaron el cielo durante horas y el río creció hasta desbordarse. A la mañana siguiente, Aurelia había desaparecido. La casa quedó intacta, pero en el porche colgaban decenas de muñecos nuevos que nadie recordaba haber visto antes. Los habitantes comenzaron a notar coincidencias inquietantes. Un hombre que había discutido con Aurelia amaneció con fiebre intensa; uno de los muñecos tenía un pequeño parche rojo en el pecho. Una mujer que había robado flores de su jardín sufrió una caída; otro muñeco apareció con una pierna torcida. Nadie pudo probar nada, pero el miedo creció silenciosamente. Con el tiempo, el pueblo decidió abandonar la casa y evitar hablar del tema. Sin embargo, cada año ocurría lo mismo: aparecían nuevos muñecos colgando del techo. Nadie veía a nadie entrar. Nadie escuchaba pasos. Simplemente estaban ahí, balanceándose suavemente con el viento. Los ancianos del lugar comenzaron a decir que Aurelia nunca se fue. Que su casa se había convertido en un taller eterno, donde seguía cosiendo historias y vigilando a quienes olvidaban la bondad. Hoy, quienes pasan por ese camino juran que los muñecos se mueven ligeramente cuando nadie los observa directamente. Y si alguien se acerca demasiado… puede notar que algunos tienen exactamente su mismo color de ojos. Por eso, en el pueblo aprendieron algo que nunca olvidaron: No todos los muñecos están hechos para jugar. Algunos están hechos para recordar. Redactado por Jonathan


 

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