La mujer de la carretera
Cuentan los abuelos de Tlatlauquitepec que cuando una persona muere y no encuentra descanso… su alma no se queda quieta.
Dicen que vaga.
Que se queda atrapada entre el viento, entre los caminos… esperando algo que nunca llega.
Hace muchos años, en la carretera que pasa cerca del pueblo, comenzaron a ocurrir cosas extrañas.
Los conductores, sobre todo los que viajaban de noche, contaban lo mismo.
A lo lejos, entre la neblina y la oscuridad, se veía una mujer.
Siempre sola.
Siempre quieta.
Parada a la orilla de la carretera.
Algunos pensaban que era alguien esperando transporte. Otros creían que estaba perdida. Y no faltaba el valiente (o confiado) que decía:
—Yo sí me voy a parar… a ver si necesita ayuda.
Pero al acercarse…
la mujer desaparecía.
Así, sin ruido.
Sin correr.
Sin dejar rastro.
Solo… ya no estaba.
Al principio, muchos no creían la historia. Decían que era el cansancio, la oscuridad, la imaginación… o que alguien había tomado de más (lo cual tampoco ayudaba a su credibilidad).
Pero los relatos empezaron a repetirse.
Diferentes personas.
Diferentes noches.
La misma mujer.
Siempre en el mismo lugar.
Siempre desapareciendo.
Hasta que un día, el rumor cambió.
En el pueblo comenzaron a hablar de una persona desaparecida. Una mujer que había salido de su casa… y nunca volvió.
La buscaron por días.
Luego por semanas.
Pero nunca encontraron su cuerpo.
Y fue entonces cuando muchos entendieron.
O al menos… creyeron entender.
Decían que esa mujer no se aparecía por casualidad.
Que no era coincidencia que siempre estuviera en la carretera.
Que no era una ilusión.
Era un alma.
Un alma que no había encontrado descanso.
Un alma que seguía esperando ayuda.
Después de eso, algunos conductores comenzaron a fijarse más. Ya no solo la veían… ahora intentaban escuchar.
Y hubo quienes aseguraron que, justo antes de desaparecer, la mujer susurraba algo.
Muy bajo.
Muy débil.
Casi como si el viento lo dijera por ella:
—Ayúdame…
Pero nadie se atrevía a bajar del vehículo.
Porque hay algo que todos saben, aunque nadie lo diga en voz alta:
Hay ayudas… que llegan demasiado tarde.
Y encuentros… que es mejor evitar.
Dicen que hasta el día de hoy, en noches de neblina, si manejas por esa carretera cerca de Tlatlauquitepec, puedes verla.
De pie.
Esperando.
Y si alguna vez decides detenerte…
y ella no desaparece…
tal vez no era ayuda lo que estaba pidiendo.
Tal vez…
solo estaba esperando compañía.
Redactado por Andy

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