martes, 31 de marzo de 2026

La foto 📸👻

Todo comenzó en una reunión entre amigos, una noche cualquiera llena de risas, música y fotos. Antes de irse, decidieron tomarse una última foto grupal para recordar el momento. Se juntaron, sonrieron… y alguien tomó la imagen.

Al revisarla minutos después, todo parecía normal… hasta que uno de ellos notó algo extraño. Detrás del grupo, casi oculto entre las sombras, había una figura que nadie recordaba haber visto durante la fiesta.

Pensaron que tal vez era alguien que se coló en la toma sin que se dieran cuenta. Pero al observar mejor, el ambiente cambió. La figura no estaba bien definida: su cuerpo era borroso, y su rostro… simplemente no tenía rasgos claros.

Lo más inquietante fue cuando revisaron otras fotos tomadas esa misma noche. En ninguna aparecía esa persona… solo en esa última imagen.

Desde entonces, algunos de ellos aseguran que, al ver la foto por mucho tiempo, sienten una extraña incomodidad… como si esa figura no solo hubiera sido capturada por la cámara, sino que también los estuviera observando a ellos. 

Redactado por: Isrra



lunes, 30 de marzo de 2026

Susurros entre raises y escamas.

 Cuenta una ancianita que, cuando era joven, le ocurrió algo extraño… literalmente paranormal. Ella relata que se encontraba caminando de regreso a su casa, como a las 12 de la noche, cuando de repente, cerca del ahuehuete, escuchó un ruido raro. Al voltear, vio a una serpiente. Asustada, decidió alejarse lo más que pudo, pero la serpiente la detuvo y, para su sorpresa, ¡le habló!

La serpiente le dijo que le ofrecía todo lo que pudiera imaginar; sin embargo, todo tenía un precio, y esta vez no era la excepción. Le pedía la vida de algún familiar o incluso la suya propia para saldar la deuda. La señora, con más sentido común que curiosidad, no aceptó el trato. La serpiente, enfurecida, se marchó… pero años después, según cuenta ella misma, cobró su venganza llevándosela al más allá.

Y desde entonces, cada vez que alguien le ofrece “todo lo que pueda imaginar” a medianoche, la moraleja es clara: mejor correr… y si es posible, correr en zigzag, por si acaso la serpiente también sabía perseguir. 

Redactado por Dani 




domingo, 29 de marzo de 2026

La Pasajera de la Curva

En una carretera vieja, a las afueras del pueblo, hay una curva que todos evitan después de medianoche.

No está señalada en los mapas… pero los conductores la conocen bien.

Le llaman “La Curva de la Última Parada”.

Cuenta la gente que, hace muchos años, una joven desapareció ahí mientras esperaba el autobús bajo la lluvia. Nadie supo qué pasó con ella. Nunca encontraron su cuerpo.

Desde entonces… sigue esperando.

Una noche, Luis regresaba a casa en su coche. La carretera estaba vacía, el cielo sin luna y la niebla comenzaba a cubrir todo.

Al girar en la curva… la vio.

Una chica vestida de blanco, parada a un lado del camino, empapada, con la cabeza inclinada.

Luis dudó… pero decidió detenerse.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó bajando la ventana.

La chica no respondió. Solo levantó lentamente el rostro.

Tenía los ojos… completamente negros.

—“¿Me llevas?” —susurró.

Luis sintió un escalofrío, pero asintió.

La chica subió al asiento trasero.

El coche avanzó en silencio.

Demasiado silencio.

Luis miró por el retrovisor.

La chica no estaba viendo el camino… estaba viéndolo a él.

Sonriendo.

—“Gracias… nadie se detiene ya…” —dijo con voz quebrada.

Luis tragó saliva.

—¿A dónde vas?

La chica inclinó la cabeza.

—“A donde tú ibas…”

En ese instante, la radio se encendió sola con un ruido estático. Las luces del coche parpadearon.

Luis volvió a mirar el retrovisor.

Ahora la chica estaba más cerca… justo detrás de su asiento.

Sin haberse movido.

—“Ya casi llegamos…” —susurró.

Pero Luis no reconocía la carretera.

El camino había desaparecido.

Solo había oscuridad.

Frenó de golpe.

El coche quedó en silencio.

Giró lentamente la cabeza hacia atrás…

Nada.

La chica ya no estaba.

Respiró aliviado… hasta que vio el asiento del copiloto.

Ahí estaba ella.

A su lado.

Sonriendo.

—“Gracias por traerme de vuelta…”

A la mañana siguiente, encontraron el coche de Luis vacío… justo en la curva.

Las puertas cerradas.

Sin señales de violencia.

Solo un detalle extraño:

El retrovisor estaba roto desde dentro.

Y en el vidrio, alguien había escrito con humedad:

“Ya no estoy sola.”

Redactado por Estrella.



sábado, 28 de marzo de 2026

La mujer de la carretera 👻

La mujer de la carretera 

Cuentan los abuelos de Tlatlauquitepec que cuando una persona muere y no encuentra descanso… su alma no se queda quieta.

Dicen que vaga.

Que se queda atrapada entre el viento, entre los caminos… esperando algo que nunca llega.

Hace muchos años, en la carretera que pasa cerca del pueblo, comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

Los conductores, sobre todo los que viajaban de noche, contaban lo mismo.

A lo lejos, entre la neblina y la oscuridad, se veía una mujer.

Siempre sola.

Siempre quieta.

Parada a la orilla de la carretera.

Algunos pensaban que era alguien esperando transporte. Otros creían que estaba perdida. Y no faltaba el valiente (o confiado) que decía:

—Yo sí me voy a parar… a ver si necesita ayuda.

Pero al acercarse…

la mujer desaparecía.

Así, sin ruido.

Sin correr.

Sin dejar rastro.

Solo… ya no estaba.

Al principio, muchos no creían la historia. Decían que era el cansancio, la oscuridad, la imaginación… o que alguien había tomado de más (lo cual tampoco ayudaba a su credibilidad).

Pero los relatos empezaron a repetirse.

Diferentes personas.

Diferentes noches.

La misma mujer.

Siempre en el mismo lugar.

Siempre desapareciendo.

Hasta que un día, el rumor cambió.

En el pueblo comenzaron a hablar de una persona desaparecida. Una mujer que había salido de su casa… y nunca volvió.

La buscaron por días.

Luego por semanas.

Pero nunca encontraron su cuerpo.

Y fue entonces cuando muchos entendieron.

O al menos… creyeron entender.

Decían que esa mujer no se aparecía por casualidad.

Que no era coincidencia que siempre estuviera en la carretera.

Que no era una ilusión.

Era un alma.

Un alma que no había encontrado descanso.

Un alma que seguía esperando ayuda.

Después de eso, algunos conductores comenzaron a fijarse más. Ya no solo la veían… ahora intentaban escuchar.

Y hubo quienes aseguraron que, justo antes de desaparecer, la mujer susurraba algo.

Muy bajo.

Muy débil.

Casi como si el viento lo dijera por ella:

—Ayúdame…

Pero nadie se atrevía a bajar del vehículo.

Porque hay algo que todos saben, aunque nadie lo diga en voz alta:

Hay ayudas… que llegan demasiado tarde.

Y encuentros… que es mejor evitar.

Dicen que hasta el día de hoy, en noches de neblina, si manejas por esa carretera cerca de Tlatlauquitepec, puedes verla.

De pie.

Esperando.

Y si alguna vez decides detenerte…

y ella no desaparece…

tal vez no era ayuda lo que estaba pidiendo.

Tal vez…

solo estaba esperando compañía.

Redactado por Andy 




viernes, 27 de marzo de 2026

"LOS ESCALONES"👣

Dicen que en un pueblecito, entre calles tranquilas y casas antiguas, hay una casa en la que nadie se atreve a vivir. No está completamente abandonada... pero tampoco tiene dueño.

Dicen que, hace años, allí vivía una familia muy tranquila. Nunca hubo problemas, nunca gritos, nada extraño... hasta una noche.

Esa noche, los vecinos empezaron a oír ruidos. No eran golpes ni discusiones. Eran… pasos lentos, que se arrastraban por toda la casa, como si alguien hubiera estado caminando sin rumbo durante horas. Lo extraño es que las luces estaban apagadas.

A la mañana siguiente, la casa estaba vacía.

No había señales de que se hubieran marchado. Todo seguía en su sitio: los platos sobre la mesa, la ropa doblada, la puerta cerrada por dentro. Simplemente… ya no estaban.

Con el tiempo, alguien intentó vivir allí. Un hombre que no creía en cuentos. La primera noche no pasó nada. La segunda, empezó a oír pasos.

Él pensaba que eran animales.

La tercera noche, los pasos cesaron justo delante de su habitación.

Y entonces... llamaron a la puerta.

No fue un golpe fuerte. Fueron tres toques suaves... como si alguien supiera que yo estaba allí.

El hombre no abrió.

Dicen que al día siguiente se marchó sin decir palabra. Dejó la casa tal como la encontró.

Desde entonces, nadie ha entrado.

Pero algunos vecinos afirman que, por la noche, todavía se oyen pasos dentro... que recorren cada habitación... como si alguien aún viviera allí.

O como si algo estuviera buscando salir.

Y lo más inquietante no es eso.

Lo que realmente molesta a la gente... es que, a veces, esos pasos ya no se oyen dentro de la casa.

Se les oye en la calle.

Trabajo realizado por Juan José 



jueves, 26 de marzo de 2026

En un pequeño pueblo rodeado de selva y caminos de tierra, existía una vieja casa de madera que nadie quería habitar. Las ventanas permanecían cerradas, la pintura estaba desgastada y el jardín crecía sin control. Pero lo que realmente alejaba a la gente no era su aspecto… sino los muñecos que colgaban del techo del porche. Decían que no siempre estuvieron ahí. Hace muchos años vivía en esa casa una mujer llamada Aurelia, conocida por su habilidad para coser. Era tranquila, amable y pasaba los días confeccionando muñecos de tela que regalaba a los niños del pueblo. Sus muñecos eran distintos: cada uno tenía rasgos únicos, pequeñas cicatrices bordadas y ojos de botón que parecían observar con atención. La gente decía que Aurelia no hacía muñecos… hacía retratos. Una noche, una fuerte tormenta azotó el pueblo. Rayos iluminaron el cielo durante horas y el río creció hasta desbordarse. A la mañana siguiente, Aurelia había desaparecido. La casa quedó intacta, pero en el porche colgaban decenas de muñecos nuevos que nadie recordaba haber visto antes. Los habitantes comenzaron a notar coincidencias inquietantes. Un hombre que había discutido con Aurelia amaneció con fiebre intensa; uno de los muñecos tenía un pequeño parche rojo en el pecho. Una mujer que había robado flores de su jardín sufrió una caída; otro muñeco apareció con una pierna torcida. Nadie pudo probar nada, pero el miedo creció silenciosamente. Con el tiempo, el pueblo decidió abandonar la casa y evitar hablar del tema. Sin embargo, cada año ocurría lo mismo: aparecían nuevos muñecos colgando del techo. Nadie veía a nadie entrar. Nadie escuchaba pasos. Simplemente estaban ahí, balanceándose suavemente con el viento. Los ancianos del lugar comenzaron a decir que Aurelia nunca se fue. Que su casa se había convertido en un taller eterno, donde seguía cosiendo historias y vigilando a quienes olvidaban la bondad. Hoy, quienes pasan por ese camino juran que los muñecos se mueven ligeramente cuando nadie los observa directamente. Y si alguien se acerca demasiado… puede notar que algunos tienen exactamente su mismo color de ojos. Por eso, en el pueblo aprendieron algo que nunca olvidaron: No todos los muñecos están hechos para jugar. Algunos están hechos para recordar. Redactado por Jonathan


 

miércoles, 25 de marzo de 2026

El niño del pasillo 👻

En una antigua casa de Guerrero, una mujer comenzó a notar algo extraño cada noche. Justo a la misma hora, el silencio era interrumpido por el sonido de unos pequeños pasos corriendo por el pasillo, como si un niño jugara dentro de la casa.

Al principio pensó que era su imaginación o quizá algún ruido del exterior, pero los sonidos eran cada vez más claros: risas suaves, pasos rápidos y, a veces, el eco de algo que golpeaba ligeramente las paredes.

Una noche, decidida a descubrir la verdad, salió de su habitación y caminó lentamente por el pasillo. Las luces parpadeaban y el ambiente se sentía frío. Cuando llegó al final, el sonido se detuvo de golpe… y no había absolutamente nadie.

Días después, al hablar con un vecino, descubrió algo que la dejó sin palabras: años atrás, en esa misma casa, un niño había perdido la vida mientras jugaba en ese pasillo.

Desde entonces, cada vez que cae la noche, los pasos regresan… como si el niño nunca hubiera dejado de jugar. 👣🌙👻

Redactado por: Isrra



martes, 24 de marzo de 2026

La Casa de los Susurros


En un pequeño pueblo olvidado por el tiempo, donde las calles se vacían antes de que caiga la noche, existe una casa que nadie se atreve a mirar directamente… mucho menos a habitar.

La llaman La Casa de los Susurros.

Cuentan los abuelos que hace muchos años vivía ahí una mujer solitaria, siempre vestida de negro. Nadie sabía su nombre, pero todos aseguraban escucharla hablar… aunque nunca se le veía con nadie. Decían que conversaba con algo que no pertenecía a este mundo.

Una noche, los susurros dejaron de escucharse.

Y el silencio fue peor.

Desde entonces, la casa quedó abandonada… o al menos eso parecía.

Porque cada madrugada, exactamente a las 3:33, las luces del interior comienzan a parpadear, aunque no hay electricidad. Las puertas crujen lentamente, como si alguien caminara de cuarto en cuarto… buscando.

Los valientes que han pasado cerca aseguran escuchar una voz débil que sale desde las paredes:

— “¿Quieres quedarte conmigo…?”

Un joven del pueblo, incrédulo, decidió entrar una noche para demostrar que todo era mentira. Llevaba una linterna, su celular… y el valor suficiente para reírse del miedo.

Pero al cruzar la puerta, su risa se apagó.

El aire era pesado, como si respirara polvo y recuerdos. Las paredes estaban cubiertas de marcas… como si alguien hubiera intentado salir desesperadamente.

Entonces, escuchó el susurro.

Muy cerca de su oído.

— “Por fin regresaste…”

El joven intentó correr, pero la puerta ya no estaba donde la había dejado. En su lugar, solo había pared.

Golpeó, gritó, lloró… pero nadie respondió.

A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la casa cerrada como siempre.

Pero algo había cambiado.

Ahora, entre los susurros de cada madrugada, ya no se escucha una sola voz…

Sino dos. 

Y dicen que si te acercas demasiado a la casa…

puedes escuchar cómo una de ellas llora…

mientras la otra te llama por tu nombre.

Redactado por Estrella.



lunes, 23 de marzo de 2026

El arriero de los muertos

El arriero de los muertos 


Cuentan los abuelos que hace muchos años, cuando la vida en el campo era pura tierra, animales y silencio… las noches no eran tranquilas.

En los ranchos cercanos a Tlatlauquitepec, la gente dormía temprano. No había luz eléctrica, no había ruido… solo el viento, los grillos y uno que otro perro que ladraba como si estuviera viendo algo que los demás no.

Y eso ya era mala señal.

Porque cuando un perro ladra a la nada… la nada normalmente le está respondiendo.

Todo empezó con comentarios sueltos.

—Anoche escuché caballos —decía uno.

—Yo también… pero no vi a nadie —respondía otro.

—Pues yo sí vi algo… pero mejor no digo —decía el más miedoso, que curiosamente era el más sabio.

Hasta que una noche, como a la una de la madrugada, varios hombres que cuidaban el ganado lo vieron.

A lo lejos, entre los cerros, venía una figura montada a caballo.

Iba arreando vacas.

Todo parecía normal… hasta que la luna salió de entre las nubes.

Y entonces lo notaron.

No tenía cabeza.

El caballo avanzaba firme, como si conociera el camino de memoria. Y el jinete… bueno, el cuerpo del jinete… sostenía las riendas como si nada.

—No volteen… —susurró uno.

Pero obviamente todos voltearon. Porque si algo tiene el ser humano, es curiosidad… y muy poco instinto de supervivencia.

El arriero pasó frente a ellos sin hacer ruido. Ni el caballo relinchaba. Ni las vacas mugían.

Solo el sonido de los cascos…

lento… seco… constante…

Hasta perderse en la oscuridad.

A la mañana siguiente, encontraron el ganado.

Las vacas estaban tiradas.

Sin vida.

Sin explicación.

Y en los corrales… los chivos no estaban como los dejaron.

Sus cuernos aparecían colgados, como si alguien los hubiera acomodado con cuidado.

Eso ya no era cosa de animales.

Eso ya era cosa de “algo”.

Desde ese día, nadie quería quedarse a cuidar el rancho en la noche. Y los que lo hacían… lo hacían acompañados, con café, con rezos… y con ganas de renunciar al día siguiente.

Pero el arriero seguía apareciendo.

Siempre a la misma hora.

Siempre en silencio.

Siempre sin cabeza.

Y como buen fenómeno paranormal… también tenía pésima puntualidad emocional, porque aparecía justo cuando alguien empezaba a decir:

—Ya se me hace que no es cierto—

¡PUM!

Ahí estaba.

Una noche, un hombre del pueblo, de esos que no le temen ni a la suegra (o eso dicen), decidió enfrentarlo.

—Si es cosa del diablo, se va a ir con oración —dijo.

Y se fue rancho por rancho, colocando una cruz en cada entrada, rezando y dejando pequeñas oraciones en los corrales.

Algunos lo veían raro.

Otros pensaban:

—Pues si no funciona, mínimo decora.

Pero lo hizo.

Terminó su recorrido… y esa misma noche todos esperaron.

La una de la madrugada llegó.

El viento sopló.

Los perros comenzaron a ladrar.

Y entonces…

nada.

No se escucharon caballos.

No se vieron sombras.

No hubo pasos en los cerros.

El arriero sin cabeza… simplemente no volvió.

Los días pasaron. Luego semanas. Luego meses.

El ganado dejó de morir.

Los corrales dejaron de amanecer raros.

Y los perros… bueno, siguieron ladrando, pero eso ya es cosa de perros.

Hasta hoy, los abuelos dicen que esa cosa desapareció gracias a las oraciones… pero también advierten algo:

Que esas entidades no se van.

Solo se alejan.

Y que si algún día alguien quita las cruces, deja de rezar o vuelve a burlarse de lo que no entiende…


puede que a la una de la madrugada,

entre los cerros,

vuelvas a escuchar cascos de caballo.

Y esta vez…

tal vez no solo venga arreando vacas. 

Redactado por Andy



domingo, 22 de marzo de 2026

3 a.m

El meme muestra a una persona acostada en su cama a las 3 a.m., con la mirada fija en su celular mientras la luz de la pantalla ilumina su rostro cansado. La escena refleja ese momento común en el que alguien no puede dormir y empieza a imaginar cosas extrañas, como si algo paranormal estuviera ocurriendo, cuando en realidad solo está desvelado por usar el teléfono. El humor surge de exagerar esa sensación, haciéndola parecer algo misterioso pero cotidiano al mismo tiempo.

Trabajo realizado por Juan José.



sábado, 21 de marzo de 2026

La leyenda del Chupacabras En muchas regiones de América Latina, especialmente en zonas rurales, comenzó a surgir a finales del siglo XX una historia inquietante: la del misterioso Chupacabras. Todo empezó cuando campesinos encontraron a sus animales —cabras, gallinas y ovejas— sin vida y con extrañas marcas en el cuello, como si algo les hubiera succionado la sangre. Los testimonios no tardaron en multiplicarse. Algunos aseguraban haber visto una criatura pequeña, de ojos brillantes, piel oscura y espinas en la espalda. Se movía con rapidez, casi sin hacer ruido, y aparecía principalmente durante la noche. Nadie sabía exactamente qué era, pero el miedo crecía con cada nuevo reporte. En lugares como Puerto Rico y México, la leyenda tomó fuerza. Muchas personas afirmaban que no era un animal común, sino una especie desconocida o incluso un experimento que había salido mal. Otros pensaban que se trataba de algo sobrenatural, una criatura que solo aparecía cuando el silencio de la noche era más profundo. Con el tiempo, el Chupacabras se convirtió en una figura famosa del folclore moderno. Aunque no hay pruebas científicas de su existencia, su historia sigue viva en relatos, conversaciones y programas de televisión. Para algunos, es solo un mito; para otros, una advertencia de que todavía hay misterios ocultos en la oscuridad. Y así, cada vez que cae la noche en el campo y los animales se inquietan sin razón aparente, hay quienes miran hacia la oscuridad… preguntándose si el Chupacabras podría estar cerca. Redactado por Jonathan

 


viernes, 20 de marzo de 2026

La llamada del muerto 📞👻

En una tranquila colonia de Chilpancingo, un joven vivía una experiencia que jamás podría olvidar. Una noche, mientras descansaba en su habitación, su teléfono comenzó a sonar. Al revisar la pantalla, se sorprendió al ver el nombre de su mejor amigo.

Sin sospechar nada extraño, contestó de inmediato. Sin embargo, al otro lado de la línea no había una voz clara, solo una interferencia constante, como si la señal estuviera fallando. Entre el ruido, creyó escuchar un susurro débil, casi incomprensible, que decía su nombre.

Confundido, colgó e intentó devolver la llamada, pero esta vez nadie respondió. Minutos después recibió un mensaje de otro amigo con una noticia impactante: su mejor amigo había fallecido esa misma tarde en un accidente.

El joven quedó paralizado. No podía entender cómo había recibido aquella llamada si su amigo ya no estaba con vida. Desde esa noche, cada vez que su teléfono suena a altas horas, un escalofrío recorre su cuerpo, recordándole que, a veces, lo inexplicable logra cruzar incluso la barrera entre la vida y la muerte.

Redactado por : el Isra



jueves, 19 de marzo de 2026

Los secretos del viento

 Los más ancianos del pueblo dicen que, si en un día soleado —cuando no se esperan lluvias y ni siquiera es temporada de tormentas— comienza a correr un viento fuerte, como si el cielo estuviera enojado, es porque alguien ha muerto y su espíritu anda recorriendo los lugares por donde caminó en vida, juntando los pasos que dio… como si no quisiera olvidar el camino de regreso.

Dicen que el viento no sopla al azar: abre puertas que estaban cerradas, levanta polvo de los caminos y hace crujir las ventanas, como si estuviera buscándolo todo por última vez. Y claro, siempre hay alguien que jura haber visto cómo una silla se mueve sola o cómo la ropa tendida empieza a bailar sin música, justo cuando el aire sopla más fuerte.

Algunos se persignan, otros simplemente cierran las ventanas y se hacen los valientes… aunque por dentro estén más asustados que gato en veterinaria . Porque, según cuentan, ese viento no solo trae hojas y tierra, sino también susurros que parecen decir tu nombre si pones demasiada atención.

Y por si fuera poco, los ancianos aconsejan no salir cuando el viento sopla así, ya que el espíritu podría confundirte con alguien conocido y decidir que lo acompañes en su último paseo por el pueblo. Así que, si un día el sol brilla, pero el viento ruge como tormenta… mejor quédate en casa, porque tal vez no solo sea el clima el que anda de malas.


Redactado por Dani.



miércoles, 18 de marzo de 2026

El puente de los gritos

 Hace muchos años, en el pueblo de Tlatlauquitepec, cuando la neblina bajaba tan espesa que parecía que el cerro se estaba deshaciendo encima del camino, los abuelos contaban una historia que nadie escuchaba tranquilo… y mucho menos de noche.

Decían que el puente que une al pueblo de Tlatlauquitepec con el de Mesones no siempre fue un puente como el de ahora. Antes, en ese lugar, no había una estructura firme ni barandales ni nada de eso. Lo que existía era un muro de piedras, levantado con el esfuerzo de los hombres del pueblo, con sudor… y según la leyenda, con algo mucho peor.

Cuentan que ese muro siempre se venía abajo.

Lo levantaban en el día… y en la noche se caía.

Volvían a poner las piedras… y otra vez amanecía vencido.

Como si la tierra no quisiera sostenerlo.

O como si debajo hubiera algo que lo rechazaba.

Los pobladores comenzaron a desesperarse. Porque por ahí tenían que pasar personas, bestias, cargas y uno que otro señor que seguro ya desde entonces iba diciendo:

—Yo conozco un atajo.

Y terminaba perdiéndose tres horas.

Pero en aquellos tiempos, cuando el miedo y la superstición caminaban agarrados de la mano, alguien dijo que el muro solo aguantaría si se ofrecía un sacrificio.

Y ahí fue donde la historia se puso pesada.

Los abuelos decían en voz baja que en ese lugar mataban personas para que el muro no se cayera. Algunos incluso aseguraban que a veces las enterraban vivas entre las piedras, como si sus cuerpos fueran parte de los cimientos. Como si el sufrimiento humano sirviera de mezcla mejor que el lodo.

Nadie sabe cuántas personas fueron.

Nadie sabe sus nombres.

Y tal vez eso es lo peor.

Porque cuando una historia pierde los nombres, lo único que queda es el espanto.

Dicen que, después de eso, el muro por fin dejó de caer. Se mantuvo firme. Sólido. Silencioso. Como si hubiera quedado satisfecho.

Pero el problema no terminó ahí.

Porque al poco tiempo comenzaron los ruidos.

Primero fueron sonidos leves, casi confundidos con el aire: golpes secos entre las piedras, como si alguien tocara desde dentro. Luego llegaron los lamentos. Después, los gritos.

Gritos largos, ahogados, desesperados.

No se escuchaban siempre. Solo en ciertas noches. Sobre todo cuando había mucha neblina, cuando la luna apenas alumbraba o cuando alguien se atrevía a cruzar solo después de la medianoche.

Los hombres que pasaban por ahí decían que, al acercarse, el aire se volvía helado. Las mulas se negaban a avanzar. Los perros chillaban. Y más de uno juró haber escuchado una voz que salía de abajo del puente, diciendo:

—Sáquenme de aquí...

Claro, nunca falta el valiente del pueblo. Ese que en la tarde se ríe y dice:

—Ay, puro cuento para espantar chamacos.

Pero curiosamente, cuando le decían que entonces cruzara solo en la madrugada…

rápido se acordaba de que tenía sueño, dolor de rodilla y un gran amor por seguir con vida.

Una noche, cuentan, un hombre que venía de Mesones cruzó un poco tomado. Iba cantando fuerte, sintiéndose muy valiente, de esos que con dos tragos ya se creen invencibles y con tres ya andan hablando con los árboles.

Cuando llegó a la mitad del puente, escuchó debajo de él un murmullo.

Pensó que era el río.

Siguió caminando.

Entonces oyó un grito.

Uno tan fuerte y tan cerca que sintió que le soplaron en la nuca.

Se volteó de inmediato, pero no había nadie.

Solo neblina.

Solo piedra.

Solo oscuridad.

Y luego, clarito, escuchó varias voces al mismo tiempo:

—No nos dejes aquí...

El hombre salió corriendo tan rápido que al llegar al pueblo ni él mismo sabía si venía huyendo de fantasmas o rompiendo récord olímpico. Dicen que desde entonces no volvió a tomar. Bueno… eso dice la leyenda. Ya si le creemos o no, eso es otro misterio.

Con los años, el muro cambió, el paso se transformó y el lugar terminó convirtiéndose en puente. La gente siguió cruzándolo porque no quedaba de otra. Pero la historia nunca murió.

Los abuelos siguieron contando que por las noches se escuchaban ruidos raros, golpes y gritos, como si las almas de quienes fueron sacrificados siguieran atrapadas entre las piedras, molestos, tristes o simplemente reclamando que nadie les dio descanso.

Hay quienes dicen que si te detienes justo a la mitad y guardas silencio, puedes oír respiraciones debajo de tus pies.

Otros aseguran que a veces se ven sombras pegadas al muro, figuras quietas que parecen personas esperando algo.

Y algunos, los más viejos, juran que el verdadero terror no es escuchar los gritos…

sino cruzar el puente una noche de niebla

y escuchar que alguien te llama por tu nombre,

aunque vayas completamente solo.

Desde entonces, en Tlatlauquitepec, muchos cruzan ese puente rápido, sin mirar abajo y sin hacer bromas.

Porque una cosa es no creer en leyendas…

y otra muy distinta

es faltarle al respeto a un puente

que, según dicen, quedó en pie

porque abajo de sus piedras

todavía hay muertos que no descansan. 

Redactado por Andy. 




La vecina del último piso

Siempre había rumores sobre el departamento del último piso. Nadie sabía quién vivía allí, pero cada noche, desde las ventanas iluminadas, se escuchaban ruidos extraños: pasos lentos, susurros ininteligibles y, a veces, risas suaves que helaban la sangre.

Los vecinos decían que la mujer que vivía allí jamás bajaba. Nadie la había visto comprar comida, ni siquiera sacar la basura. Algunos afirmaban que cuando alguien tocaba su puerta, la respuesta era un silencio tan absoluto que parecía absorber el sonido de todo el edificio.

Una noche, un joven decidió investigar. Llamó a la puerta y, al no recibir respuesta, intentó mirar por la mirilla. No había nadie. Pero en cuanto se alejó, escuchó un susurro detrás de él:

“Gracias por venir…”

Se giró de golpe, pero el pasillo estaba vacío. Sin embargo, el frío seguía allí, penetrando su ropa y su piel, y detrás de él, un aroma antiguo, a polvo y perfume olvidado. A la mañana siguiente, los vecinos encontraron su puerta cerrada. Nadie sabía qué había pasado, solo que de esa noche en adelante, el joven nunca volvió a bajar del último piso…

Desde entonces, la gente evita ese edificio. Pero algunas noches, si pasas cerca, puedes escuchar risas suaves y susurros que parecen invitarte a subir… y desaparecer para siempre.

Redactado por: ese papu misterioso (Juan José)



lunes, 16 de marzo de 2026

La leyenda del Jinete sin Cabeza cuenta que, en noches oscuras y silenciosas, cuando el viento sopla entre los árboles, aparece una figura aterradora cabalgando a gran velocidad. Es un jinete vestido con uniforme antiguo, pero con un detalle inquietante: no tiene cabeza. Se dice que fue un soldado que perdió la vida en una batalla hace muchos años, y desde entonces vaga sin descanso buscando lo que le falta. Algunos aseguran haberlo visto sosteniendo su propia cabeza bajo el brazo; otros dicen que solo queda el vacío, oscuro y misterioso, sobre sus hombros. Quienes han escuchado el sonido de su caballo cuentan que se acerca sin previo aviso, y que su presencia llena el ambiente de un frío intenso. La leyenda advierte que, si te lo encuentras, no debes mirarlo directamente ni intentar seguirlo… porque podría llevarte con él en su eterna búsqueda. Desde entonces, cada vez que la noche se vuelve demasiado silenciosa, muchos prefieren no salir… por si el Jinete sin Cabeza decide aparecer. Redactado por Jonathan

  

Los Pasos En El Techo

En una pequeña casa de campo en Guerrero vivía una familia que siempre había tenido noches tranquilas. Sin embargo, todo cambió una noche cuando comenzaron a escuchar extraños pasos en el techo.

Al principio pensaron que se trataba de algún animal, quizá un gato o un tlacuache caminando sobre las láminas. Pero los pasos no sonaban como los de un animal: eran lentos, pesados y parecían los de una persona caminando con cuidado.

Cada noche, casi a la misma hora, el sonido regresaba. La familia subió varias veces a revisar, pero nunca encontraron a nadie. No había huellas, ni objetos movidos, ni señales de que alguien hubiera estado ahí.

Un día decidieron preguntar a los vecinos más antiguos del lugar. Uno de ellos les contó algo inquietante: hace muchos años, en esa misma casa vivía un anciano que solía subir al techo durante la noche para revisar si la lluvia estaba dañando la casa.

El hombre murió solo en aquella vivienda. Desde entonces, algunos vecinos aseguran que, en noches silenciosas, todavía se escuchan pasos caminando lentamente sobre el techo, como si alguien siguiera vigilando la casa.

Redactado por:Isra



sábado, 14 de marzo de 2026

El Diablo

 Se cuenta que un anciano del pueblo dijo que un día, en la madrugada, cuando salió de su casa, vio a un señor sentado. Por alguna razón, aquel extraño lo invitó a acompañarlo a su casa.

El anciano, sin dudarlo, le preguntó quién era, pues aquel misterioso señor sabía su nombre.

Dice que, dentro de la casa, que ya era muy viejita, había todo lo que te pudieras imaginar. Aquel señor le ofreció todo lo que quisiera, pero tenía que dar algo a cambio.

El anciano no quiso nada, así que salió rápidamente de aquel lugar. Días después, el señor había muerto.

Desde entonces, el anciano asegura que aquel día vivió algo realmente paranormal.

Redactado por Dani 



viernes, 13 de marzo de 2026

El maullido en la oscuridad

 En varios pueblos se cuenta una historia antigua que muchos abuelos repiten cuando cae la noche: si escuchas a un gato maullar como un bebé en la madrugada, no siempre es un gato.

Hace muchos años, cuando las casas eran de adobe y las calles quedaban completamente oscuras después de las diez de la noche, la gente empezó a notar algo extraño. En ciertas madrugadas, especialmente cerca de las tres de la mañana, se escuchaba un sonido inquietante.

Era el llanto de un bebé.

Las personas salían preocupadas pensando que algún niño estaba abandonado afuera, pero al abrir la puerta no encontraban a nadie…

solo un gato sentado frente a la casa, mirando fijamente hacia la puerta.

Y entonces el gato volvía a hacerlo.

—Maaaau… maaaau…

Pero el sonido no era como el de un gato común.

Era tan parecido al llanto de un bebé que hacía que la piel se erizara.

Los más ancianos del pueblo comenzaron a decir que aquello tenía un significado. Según las creencias populares, los gatos son animales que pueden ver lo que los humanos no. Ellos perciben presencias, energías y espíritus que vagan por las casas.

Por eso, cuando un gato maúlla como bebé en la madrugada, algunos creen que está interactuando con almas en pena.

Se dice que esas almas buscan ser escuchadas o recordadas. Los gatos, sensibles a lo invisible, se acercan a los lugares donde esas presencias están y comienzan a emitir ese maullido extraño, casi humano.

Pero existe otra versión aún más inquietante.

Los estudiosos de la parapsicología y muchas tradiciones antiguas dicen que ese maullido agudo no es un simple sonido extraño, sino una advertencia. Los gatos lo hacen cuando sienten una presencia que no pertenece al mundo de los vivos.

Es una forma de alerta.

Como si dijeran:

"Algo está aquí."

En algunos relatos del pueblo, cuando ese maullido se escucha varias noches seguidas, comienzan a ocurrir cosas extrañas: puertas que se abren solas, pasos en los pasillos o sombras que cruzan rápidamente por las paredes.

Por eso muchas personas tienen una regla muy antigua:

Si escuchas a un gato maullar como bebé en la madrugada…

no salgas a buscarlo.

Porque hay quienes dicen que, si sigues ese

sonido en la oscuridad, podrías encontrar al gato sentado mirando un punto vacío…

y si miras con atención ese mismo lugar…

tal vez descubras que el gato no está mirando la nada.

Está mirando a alguien más.

Redactado por Estrella.




jueves, 12 de marzo de 2026

LA LÁMPARA

Dicen que en una calle tranquila del pueblo hay una farola vieja que apenas enciende. No está rota... solo parece cansada.


Cada noche, cuando alguien pasa solo, la luz empieza a parpadear. No es muy fuerte, solo lo suficiente para volver a verla.


Los vecinos dicen que no es la electricidad.


Porque siempre sucede en el mismo punto de la calle.


Justo donde, hace años, alguien resbaló en el banco mojado una mañana y nunca más se levantó.


Desde entonces la lámpara parpadea cuando alguien pasa.


Como si le hubiera advertido.


O como si se riera.


Un señor del barrio dijo una vez:


"Si la lámpara parpadea cuando pasas...no te preocupes.


-No es que quiera asustarte.


Hizo una pausa y añadió:


"Él ya te ha visto... y está esperando su turno."


Desde entonces, todo el mundo camina más rápido por esa calle.


No por miedo.


Pero para la educación...


para no hacerte esperar 

nadie.


Escrito por Juan José





martes, 10 de marzo de 2026

El Chullachaqui


Es un ser de la selva amazónica que puede transformarse en una persona familiar para engañar a los viajeros.
Una de sus características es que tiene un pie diferente del otro (a veces animal o invertido). Se dice que atrae a la gente a la selva para perderse.
Muchas personas que viven cerca de la selva cuentan historias sobre este misterioso ser que aparece para engañar a los viajeros.
El Chullachaqui puede transformarse en una persona conocida, como un amigo o familiar, para llamar a alguien y obligarlo a adentrarse en la selva. Sin embargo, tiene una característica que lo delata: una de sus patas es diferente, a veces torcida o con forma de animal.
Se dice que este ser vive en las profundidades del bosque y protege la naturaleza y los animales. Por eso, algunas historias cuentan que aparece cuando alguien intenta dañar la montaña o cazar más de lo necesario.

Redactado por: el Isra

Video elaborado por: Isra


lunes, 9 de marzo de 2026

La aparición del niño

La historia comienza con dos jóvenes que estaban haciendo una tarea. Bueno… “haciendo tarea” entre comillas, porque en realidad también estaban platicando, riéndose y perdiendo el tiempo como buenos estudiantes nocturnos. Ya era muy tarde, específicamente las 12 de la noche.


Ellos estaban muy felices conviviendo, sin mirar la hora, cuando de repente uno de ellos vio algo por la ventana. Ambos voltearon y observaron a un niño mirándolos fijamente.


Entonces uno de los jóvenes, muy confiado, le gritó:

—¡Oye! ¿Qué haces ahí? ¡Vete a dormir!


Pensó que era su hermanito, porque claro… ¿qué otra cosa podría ser un niño parado afuera a medianoche? El niño solamente sonrió y se alejó lentamente.


El joven, medio molesto y medio confundido, le gritó:

—¡Ya vete a tu casa! ¡Deja de espiar!


Después de eso, los dos jóvenes se rieron un poco y siguieron con la tarea… o al menos con el intento de hacerla, porque después de ver a un niño misterioso a las 12 de la noche, la concentración no es precisamente la mejor.


Al día siguiente, el joven le dijo a su mamá:

—Oye, anoche vi a mi hermanito afuera de la ventana.


Pero la mamá lo miró extrañada y le respondió:

—¿Tu hermanito? Imposible… él no salió de su cuarto en toda la noche.


En ese momento el joven se quedó completamente pálido. Volteó a ver a su amigo y ambos se quedaron pensando…


Si no era su hermano,

si nadie salió de la casa,


entonces…


¿quién era el niño que estaba afuera de la ventana?


Y lo peor de todo…


¿por qué estaba sonriendo?


Redactado por Dani 



domingo, 8 de marzo de 2026

La cueva del diablo

Hace muchos años en el pueblo vivia , un campesino conocido por ser valiente… o demasiado curioso. Que mientras los demás evitaban la cueva debido a lo que decían de ella, él aseguraba que todas esas historias eran inventos para asustar a los niños.

Una tarde, mientras regresaba del campo, decidió acercarse a la cueva para demostrar que no había nada extraño. El cielo comenzaba a oscurecerse y el viento movía las ramas de los árboles, produciendo un. sonido que parecía un susurro. 

Cuando llegó a la entrada, sintió algo extraño:

el aire era más frío de lo normal y el silencio era tan profundo que ni los insectos se escuchaban , encendió una lámpara y entró.

Al principio el camino era estrecho, pero después la cueva se abría como un enorme salón de piedra. Las paredes estaban cubiertas de grietas que parecían formar rostros deformes cuando la luz de la lámpara se movía.

Entonces ocurrió algo extraño.

Escuchó pasos detrás de él.

Se volteó rápidamente… pero no había nadie.

Pensando que era su imaginación, continuó caminando. Sin embargo, mientras avanzaba, empezó a notar que su sombra en la pared no se movía igual que él.

La sombra se quedaba quieta… y luego se movía un segundo después.

El corazón le comenzó a latir con fuerza. Decidió regresar, pero cuando dio la vuelta, el camino por donde había entrado parecía mucho más largo y oscuro que antes.

Fue entonces cuando escuchó una voz grave salir desde lo profundo de la cueva.

—¿Por qué entraste… si sabías que no debías hacerlo?

La lámpara comenzó a parpadear violentamente y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

De repente, en la pared frente a él apareció una enorme sombra con forma de cuernos, mucho más grande que cualquier persona. La sombra parecía salir lentamente de la roca, corrió desesperadamente hacia la salida.


Mientras corría, sentía pasos pesados detrás de él, como si algo enorme caminara por la cueva.

Justo cuando estaba por salir, una mano invisible lo empujó contra la pared. Sintió un ardor terrible en el brazo, como si algo lo hubiera quemado.

Con todas sus fuerzas logró salir de la cueva y cayó al suelo afuera, respirando con dificultad.

Cuando llegó al pueblo, todos notaron algo extraño, sin embargo cuando contaba lo sucedido y enseñaba su brazo donde había sentido el ardor ,los demas no veían nada solamente el era capaz de ver la marca de quemadura.

Desde ese día, dejó de hablar de la cueva. Se volvió un hombre silencioso y evitaba salir de noche.

Pero lo más extraño ocurrió semanas después.

Algunas noches, los vecinos escuchaban golpes en la puerta de su casa. Cuando abrían… no había nadie.

Y a veces, desde el interior de la casa , se escuchaba otra voz hablando con él.

Una voz grave… que no era humana.

Dicen que murió años despues pero que su alma todavía anda vagando cerca de la cueva.

Y desde entonces, algunos habitantes del pueblo aseguran que, en las noches de luna nueva, se puede ver una sombra parada en la entrada de la Cueva del Diablo.

Una sombra que parece esperar a alguien más que se atreva a entrar.

Los ancianos del pueblo siempre terminan la historia con una advertencia:

“La cueva no está vacía… solo está esperando.”

Narrado por Estrellita 



sábado, 7 de marzo de 2026

Los ojos que miran lo invisible


En el pueblo de Tlatlauquitepec, entre montañas cubiertas de neblina y calles que se quedan en silencio cuando cae la noche, existe una creencia que muchos repiten en voz baja.


Los habitantes dicen que cuando los perros comienzan a llorar sin razón, no es por hambre ni por soledad.


Es porque están viendo algo que los humanos no pueden ver.


Las noches en el pueblo suelen ser tranquilas. Solo se escucha el viento entre los árboles… y de vez en cuando, el llanto largo y profundo de un perro.


No es un ladrido.


Es un aullido triste, como si estuviera asustado.


Los abuelos del pueblo siempre dicen lo mismo:


—Cuando un perro llora mirando a la oscuridad… no lo llames.


Porque aseguran que el animal no está mirando la nada.


Está mirando algo que se encuentra ahí.


Algo que nosotros no podemos ver.


Lo mismo ocurre con los gatos.


Hay madrugadas en las que se escuchan gatos maullando de forma desesperada, como si pelearan con algo invisible en los techos o en los patios.


Pero cuando alguien sale a ver qué ocurre…


no hay nada.


Solo el silencio.


Y los animales mirando fijamente un punto vacío.


Algunos habitantes también cuentan que a veces pasa durante el día.


Tu perro puede estar tranquilo, acostado en el suelo… y de repente se levanta, eriza el pelo y empieza a gruñir hacia un rincón de la casa.


Un rincón donde no hay nadie.


Los más viejos dicen que los animales tienen un instinto que nosotros perdimos hace mucho tiempo.


Ellos pueden sentir presencias.


Pueden percibir malas energías.


Y cuando lloran o se inquietan, no siempre es por miedo…


A veces es porque algo los está mirando también.


Por eso, en Tlatlauquitepec hay quienes, cuando escuchan a los perros llorar en la madrugada, prefieren no asomarse por la ventana.


Porque dicen que si el perro está mirando hacia tu casa…


tal vez no está viendo solo tu puerta.


Tal vez está viendo lo que está parado detrás de ti. 

Redactado por Andy



jueves, 5 de marzo de 2026

EL DUENDE DEL MONTE

En muchas comunidades rurales de Guerrero, especialmente en las zonas de monte y selva, existe una historia muy conocida: el duende del monte. Esta leyenda ha pasado de generación en generación y forma parte de las creencias y tradiciones de varios pueblos de la región.

Se dice que el duende del monte es una pequeña criatura que vive entre los árboles, las cuevas y los lugares más espesos del bosque. Las personas que trabajan en el campo o que caminan por el monte cuentan que, en ocasiones, han escuchado risas de niños, silbidos o pasos pequeños entre la maleza, aun cuando no hay nadie cerca.

Según la tradición, el duende es travieso y le gusta jugar bromas a las personas. Algunos campesinos afirman que este ser esconde herramientas, mueve objetos o hace que la gente pierda el camino cuando se adentra demasiado en el monte. Por eso, muchos habitantes aconsejan no caminar solos en esos lugares al anochecer.

También se cree que el duende del monte protege la naturaleza. Hay quienes dicen que aparece cuando alguien intenta dañar los árboles o cazar animales sin respeto. Por esta razón, en algunos pueblos se le considera no solo un ser misterioso, sino también un guardián del bosque.

Aunque nadie ha podido demostrar su existencia, la historia del duende del monte sigue viva en la imaginación y en los relatos de las personas que viven cerca de la naturaleza. Estas historias forman parte de la riqueza cultural y del folclore de Guerrero, recordándonos el respeto que siempre se ha tenido hacia el monte y sus misterios. 🌿👻

Redactado por: Isra



miércoles, 4 de marzo de 2026

“El Pozo de los Lamentos… y la Cubeta Traicionera”

 Cuentan los más ancianos del pueblo que hace algunos años existía una familia en la que había dos hermosas niñas, muy obedientes (tan obedientes que hasta daban ganas de pedirles que hicieran la tarea de uno).


Se dice que un día su mamá las mandó a traer agua al pozo, pero como no alcanzaban bien, les ganó el peso de la cubeta. Aunque pidieron ayuda a todo pulmón, nadie les hizo caso… quizá porque pensaron que estaban ensayando para el coro del domingo.


Las niñas murieron y la madre, cuando salió a buscarlas, llegó demasiado tarde. Desde entonces, se dice que en aquel pozo se escucha a las niñas pedir ayuda… así que si algún día oyes voces cerca de un pozo, mejor no te hagas el valiente y revisa —o por lo menos lleva una cuerda, no vaya a ser que también te gane el “peso”. 

Redactado por Dani 


martes, 3 de marzo de 2026

El secreto entre los carrizos

En lo más profundo del monte, donde los carrizos crecen tan juntos que forman un túnel natural, existe un rincón que los habitantes del pueblo evitan mencionar después del atardecer.

De día, parece un lugar cualquiera: un pequeño estanque de agua turbia, tierra húmeda, raíces expuestas y el murmullo suave del viento colándose entre los tallos secos. Pero cuando el sol comienza a esconderse, algo cambia.

Primero desaparecen los sonidos.

Los grillos dejan de cantar.

Los pájaros no se acercan.

Ni siquiera el viento se atreve a mover los carrizos.

El silencio ahí no es normal. Es pesado. Como si el aire estuviera esperando algo.

Hace muchos años, un muchacho llamado Juan desapareció en ese mismo sitio. Tenía apenas diecisiete años. Sus amigos dijeron que se adelantó entre los carrizos porque escuchó algo… como si alguien pronunciara su nombre desde el agua.

—“Juaann…”

Pensaron que era una broma. Pero no lo volvieron a ver.

Los hombres del pueblo buscaron durante días. Solo encontraron huellas que se dirigían hacia el estanque… y terminaban justo en la orilla. No había señales de lucha. No había rastro de que hubiera salido.

Solo el agua quieta. Demasiado quieta.

Desde entonces, quienes se atreven a acercarse aseguran que el agua no refleja lo que debería. A veces muestra una sombra de pie detrás de ti… aunque estés solo. Otras veces, el reflejo sonríe cuando tú no lo haces.

Pero lo peor ocurre cuando alguien se inclina demasiado para mirar.

Dicen que el agua no tiene fondo.

Un campesino contó que una noche pasó cerca y vio cómo los carrizos se abrieron lentamente, como si algo grande respirara detrás de ellos. No corrió. No pudo. Sus piernas dejaron de responder cuando escuchó el sonido del agua moviéndose… aunque no había viento ni piedra que la tocara.

Algo emergió apenas unos centímetros.

No era una persona.

No era un animal.

Era una silueta oscura, alargada, con brazos demasiado largos, apoyándose en la orilla como si estuviera saliendo.

El hombre cerró los ojos. Cuando los abrió… no había nada.

Pero desde ese día, cada noche escucha que alguien raspa la puerta de su casa con algo húmedo.

En el pueblo hay una advertencia que pasa de generación en generación: 

Si el agua está completamente inmóvil y sientes que el silencio te presiona los oídos… no mires dentro.

Porque el estanque no es un reflejo.

Es una entrada.

Y algunos creen que Juan nunca se ahogó.

Dicen que sigue ahí abajo…

esperando que alguien escuche su voz y se acerque lo suficiente.

Porque el agua callada no está vacía.

Redactado por Estrellita.



lunes, 2 de marzo de 2026

Los Chaneques de Tlatlauquitepec

 Cuentan los habitantes de Tlatlauquitepec que hace muchos, muchos años, cuando la única “compañía eléctrica” era un ocote encendido y la alarma despertador era el gallo gritón de las 4 de la mañana, algo extraño empezó a pasar.

Las familias vivían tranquilas en el campo. No había luz, no había cámaras… pero sí había gallinas. Muchas gallinas.

Y un día… amanecieron sin huevos.

—“Bueno, se los comieron entre ellas”, dijo el señor. 

Al día siguiente… sin pollos.

—“Seguro se fueron a estudiar al extranjero”, dijo su esposa , que siempre encontraba explicación para todo.

Pero cuando comenzaron a desaparecer gallinas enteras… ahí ya no era intercambio estudiantil.

Las puertas estaban cerradas. No había huellas grandes. No había plumas regadas. Solo… silencio.

Y el silencio en el campo… nunca es buena señal.

La noche del espionaje

Cansados de perder su desayuno diario, los habitantes decidieron hacer guardia. Se escondieron detrás del corral, apagaron el ocote y esperaron.

A medianoche escucharon risitas.

No eran de niño normal.

Eran risitas chiquitas… burlonas… como si alguien estuviera jugando a las escondidas con el miedo.

Y entonces los vieron.

Pequeños.

Del tamaño de un niño.

Con cuerpos delgados… pero con el rostro extraño, como si la noche misma les hubiera moldeado la cara.

Eran chaneques.

Se movían rápido, jalaban a las gallinas, tomaban huevos y desaparecían entre los matorrales como si el suelo se los tragara.

La persecución

Los habitantes, armados con palos, piedras y muchísimo coraje campesino, decidieron seguirlos.

Los chaneques corrían riéndose, como si aquello fuera un juego.

Los siguieron hasta unas cuevas en el monte.

Cuevas que nadie se atrevía a mirar de noche.

Cuevas que parecían respirar.

Se dice que los habitantes, asustados y furiosos, intentaron ahuyentarlos prendiendo fuego en la entrada, lanzando antorchas y gritando para que no regresaran jamás.

Después de aquella noche…

Las gallinas dejaron de desaparecer.

Pero algunos aseguran que, en noches muy oscuras, cuando no hay luna y el viento sopla entre los árboles…

Se escuchan pequeñas risitas cerca del corral.

Y a veces…

solo a veces…

las gallinas miran todas hacia el mismo punto.

Aunque no haya nada ahí.

O al menos… nada que tú puedas ver.

Redactado por Andy 




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Los niños de la noche

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